¿Sabe el lector que el término hereje viene de la palabra
griega heréticos, que significa: ‘poder elegir’? Entonces, permítame decirle
que tal definición casi lo dice todo, ¿no le parece?
En materia de primaveras árabes y diálogos políticos y
religiosos, estoy convencido de que las personas deberían dejar de fingir,
porque eso es justamente lo que se está haciendo: fingiendo ante los hechos de
los que estamos siendo testigos. Sólo algunos incautos voluntariosos pueden
creer que todas las culturas son iguales. Lo cierto es que para quien quiera
verlo sin las gafas de la miopía ideológica, podrá darse cuenta claramente que
no lo son.
Los dogmas político-religiosos del Oriente Medio no son
iguales, ni se acercan a la cultura judeocristiana, ni a la política o la forma
de vivir la religión en Occidente. Los primeros alientan la poligamia, el
matrimonio de personas mayores con niños, la violencia contra la mujer, contra
los homosexuales y contra todo aquel que intente colocar en perspectiva hechos
ajenos a la forma de vida árabe musulmana influenciada por el salafismo
yihadista o por el extremismo teocrático, sean estos hechos considerados o
decorados lingüísticamente como políticos o religiosos. Nada de eso es cierto,
son lisa y llanamente crímenes.
Lo invito a pensar qué sucedería si cualquier persona en
Occidente invocara estos o similares valores. ¿Cuál sería la consecuencia? La
respuesta es que aseguraría rápidamente su ingreso a la cárcel. Por tanto, no
es equivalente una cosa con la otra —ni lo será nunca—, dada la apertura que
encuentra en Oriente Medio la agenda totalitaria que impone el radicalismo
religioso; esto es una realidad y no es algo que debe alentarse en modo alguno
fingiendo ecumenismo en dosis absurdas de tolerancia y diálogos que no van en
ninguna dirección, porque claramente hay quienes no desean que ello colabore en
la resolución del conflicto.
La tolerancia que se predica desde Occidente pierde sentido
y descontextualiza el término mismo de la palabra tolerancia ante cualquier
intento de acercamiento y diálogo con aquel que es intolerante. En
consecuencia, aquello se debe desalentar por medio de una legislación clara y
por la aplicación rigurosa de la ley. ¿Recuerda el lector la ley?
Veamos un poco las viejas incongruencias que aún se manejan
en el mundo de hoy. Por ejemplo: Si los judíos realmente mataron a Jesús como
muchos católicos continúan creyendo y sosteniendo dada su ignorancia y su
desconocimiento, sea porque no han leído las declaraciones Dignitatis Humanae,
Gravissimum Educationis y Nostra Aetate, del Concilio Vaticano Segundo, donde
queda muy claro el punto desde el año 1962, o porque un gran número de
fanáticos católicos sigue pensando tal cosa, es claro que los judíos no
hicieron un buen trabajo, porque al parecer todavía está vivo. ¿Cuál es la
eficiencia del Mossad y dónde están cuando se los necesita? ¿No es que son los
que ejecutan todo tipo de barbaridades a la perfección? ¿Que si soy irónico?
¡Sí, claro!
Lo mismo si usted, como buen cristiano, está buscando en las
cientos de versiones distorsionadas de la Biblia una guía para vivir una vida
compasiva, sabia y humana. Bueno, en tal caso, si cree que debe leerla cien
veces para salvar su alma, usted es el que está en problemas. Nadie más que
usted, si no aplica lo que lee, podrá ayudarlo. “Pruebe dejar de negar la
realidad, no engañe a sus semejantes, deje de mentir y mentirse a sí mismo y le
irá mejor”.
Pero no quiero ser demasiado duro con las religiones por dos
razones: en primer lugar, porque me aburren hasta el hartazgo algunos correos
que recibo de algunos títeres histéricos por mis escritos. Y en segundo lugar,
porque no es mi interés alterar más a lo desequilibrados que ya están los
egoístas chupacirios, los besa-alfombras, los quemadores de libros y
bibliotecas, y, en general, a todos aquellos —sin excepción— que llevan mucho
“humo” en sus cerebros chamuscados.
Desde mi lugar, aunque muchos se molesten, confieso que me
siento un poco culpable por no estar más agradecido con Jesús (que lo estoy),
pero me hubiese gustado que me consultaran antes de seguir adelante con eso de
la crucifixión, porque ahora siento que me están cobrando por algo que no pedí.
Porque ese es el trato, ¿o no? Si usted es cristiano, nació como yo, endeudado
con Jesús y es una deuda que sólo puede pagar en su totalidad sufriendo hasta
el día de la muerte y, personalmente, no pienso hacer eso. ¡Joder con el
acuerdo en el que nos han metido! Uno se siente como si se le pidiera pagar una
hipoteca por una casa que ya tiene y pagó.
Realmente no me importa mucho lo que los fanatismos
religiosos o políticos tengan que decir. De modo que cuando me cruzo con alguno
que pretende entrar en mi mente sin ser invitado y con la intención de
modificar mi pensamiento, como generalmente lo hacen, agitando su libro de
Jueces en nuestros rostros, simplemente respondo lo que a todos los sectarios
de la política o la religión, y eso es que me encuentro bien como voy por la
vida, y los despido con un: “No, gracias”.
No estoy interesado en su falsa salvación ni en que me
ensucien el parabrisas en cualquier esquina fingiendo que me lo están
limpiando. Puesto a escoger, no me asusta la condena.
De modo que todos ellos, religiosos o políticos, por mí
pueden perderse bien lejos. Aún sigo siendo un laico, un pensador de infantería
que cree en su biblioteca y todavía tengo algunos pecados por cometer. Así que
espero que los hindúes estén en lo cierto en aquello de la reencarnación,
porque si hay justicia en este mundo, los que aplican la violencia de género
deberían reencarnar en un homosexual o en una niña condenada a casarse con un
pariente 40 años mayor que ella, porque así fue arreglado por su familia, y
entonces verán lo doloroso que es tener que lidiar con cabezas vacías,
violentas y primitivas. Sería algo así como beber de su propia medicina, y la
verdad es que me agradaría mucho que eso sucediera.
Ya voy terminando, si no le agrada, deje de rumiar y
reflexione. A los políticos ya les dije en qué creo. A los dogmáticos
religiosos les digo que, para mí, la Santísima Trinidad es libertad de
pensamiento, libertad de expresión y libertad de identidad. Esta es mi
Santísima Trinidad y cada elemento es un aspecto intrínseco de mi dios; y la
libertad, el más sagrado de mis santos.
Usted puede no estar de acuerdo y tiene mi respeto. Sin
embargo, seguro acordará conmigo en un pedido a esta buena gente: ¡dejen de
matar de una puta vez en nombre de la religión! Porque lo más sagrado e
inviolable, más allá de cualquier negociación o compromiso con los intolerantes
y los violentos, es la vida y la libertad, ahora y siempre. Amén.
Política y religión: mala cosa
26/Feb/2016
Infobae, George Chaya